machismo

Los hombres también tenemos género

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Los hombres también tenemos género. Por: Octavio Salazar | 18 de abril de 2013

“La lección de esgrima”, Fernando Bayona

Todavía hoy a muchos, y también a muchas, les sigue sorprendiendo que me defina como hombre feminista, algo que además en estos tiempos de retrocesos democráticos proclamo con contundencia siempre que puedo. No obstante, a estas alturas debería ser incuestionable que la  igualdad de derechos de mujeres y hombres es un presupuesto ineludible de la democracia. En consecuencia, cualquier demócrata, hombre o mujer, debiera ser feminista, en cuanto que individuo comprometido con el objetivo de que el sexo no sea un obstáculo para el acceso a los bienes y el disfrute de los derechos.  Desde el convencimiento de que el feminismo no es lo contrario al machismo y de que la lucha de aquel no es contra los hombres sino contra el orden social y cultural que representa el patriarcado.

A diferencia de las mujeres, que llevan siglos cuestionando su lugar en la sociedad y el pacto social que las ha mantenido históricamente discriminadas, los hombres no hemos tenido la necesidad de mirarnos en el espejo y mucho menos de analizar críticamente una estructuras que nos beneficiaban. Como bien sentenció John Stuart Mill, hemos sido educados en la “pedagogía del privilegio” y, por tanto, nos hemos limitado a ejercer el poder en unas estructuras binarias basadas en la supremacía de lo masculino sobre lo femenino. Todo ello además con el respaldo garantista de los ordenamientos jurídicos y desde la identificación de lo universal con lo masculino.

Con ese desigual reparto de posiciones se configuraron los Estados contemporáneos, la teoría de los derechos humanos y hasta las mismas democracias que durante décadas excluyeron a las mujeres de  la plena ciudadanía. Como bien ha analizado el feminismo, el pacto social estuvo precedido de un “contrato sexual” mediante el que se consagró el privado como espacio de sometimiento de las mujeres mientras que en el público nosotros ejercíamos  plenamente los derechos como ciudadanos. (más…)

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Gallardón o la violencia “democrática” contra las mujeres

Lo peor de Gallardón no es su posición contra el aborto, sino que sea un hombre el que encabece la ofensiva conservadora para volver a fijar los límites de lo que es o debe ser una mujer, y que parezca dispuesto a usar el monopolio de la violencia del poder del Estado para obligarla a respetarlos.

Como la sobrecarga en lo doméstico, los techos de cristal en el espacio público y las amenazas a la libertad personal o sexual que sufren las mujeres no logran frenar su emancipación, la derecha aprovecha la crisis para agudizar las desigualdades reduciendo las medidas de conciliación en el mercado de trabajo y recortando las políticas sociales.

A nadie se le escapa que la gente sortea la crisis evitando sobrecargas que dificultan su permanencia en el mercado de trabajo y que una de las fórmulas es reducir la descendencia y retrasar su llegada, ni que uno de los métodos más reaccionarios para que las mujeres permanezcan en el hogar es aumentar el tiempo que dedican a la crianza.

Qué mejor forma de lograrlo que incrementar los partos no deseados cuestionando la píldora del día después y la madurez de las mujeres para decidir si quieren culminar sus embarazos. Dice que defiende “la libertad de la maternidad” para no decir que pretende imponer la maternidad sin red de apoyo a todas las embarazadas. Un bonito ejemplo de su forma de quitar derechos aparentando que los defiende.

Los derechos reproductivos de las mujeres son, junto al acceso a la educación y la incorporación al mercado de trabajo, pilares en los que se asienta su autonomía y cuestionarlos desde el Gobierno es un acto de violencia institucional contra ellas y contra la igualdad entre los sexos.

Un ataque a las libertades que sienta un peligroso precedente de sometimiento del Estado a los postulados ideológicos de la jerarquía eclesiástica, que empobrece la democracia y busca criminalizar la libertad que se deriva de la discrepancia, obligando a asumir maternidades y paternidades que no han sido buscadas ni deseadas y devolver (en especial a las mujeres) a unos niveles de inseguridad física y jurídica que creíamos superada.

Estábamos tan acostumbrados a medir la pervivencia de la violencia contra las mujeres a partir del número de asesinatos o denuncias por malos tratos que se producen cada año o, afinando mucho, a partir de las desigualdades en los usos del tiempo, que cuesta creer que la violencia machista que busca limitar las libertades de las mujeres y reducir sus oportunidades proceda del uso “democrático” de las instituciones del Estado.

Los hombres por la igualdad sabemos que no basta con constatar que nuestra presencia en las manifestaciones del 25 de noviembre hace tiempo que ha dejado de ser anecdótica, con saber que los micromachismos son el caldo de cultivo en el que germinan, se desarrollan y se legitiman las desigualdades, ni con llevar con nuestros mensajes a los hombres que Josep-Vicent Marques denominaba varones sensibles y machistas recuperables.

Sabemos que los hombres podemos y debemos oponernos a esta ofensiva contra las libertades en todos los frentes, poniéndole cara a la igualdad compartiendo los cuidados al tiempo que pedimos la igualdad de derechos para asumirlos y que se usen los que tenemos, convencidos de que contribuyen al cambio personal, relaciones más solidarias, paternidades equivalentes y la igualdad de oportunidades ante el mercado de trabajo. También sabemos que podemos contribuir a evitar la mayoría de los embarazos no deseados.

Gallardón, es ese hombre que en tal mal lugar nos deja al resto del colectivo, ese Ministro de Justicia que nos pone tan difícil confiar en una justicia ya muy desacreditada y nos avoca a manifestar nuestra repulsa frente a todas las iniciativas, da igual que tan legales sean, que persigan incrementar las desigualdades por medio de presiones y violencias de intensidad variable tratando de convertir en papel mojado las conquistas hoy reconocidas por las leyes.

José Ángel Lozoya Gómez

Miembro del Foro y de la Red de Hombres por la Igualdad.

Entrevista a Miguel Lorente: “Posmachismo”

Piper Txuriak – Guindillas Blancas, grupo de hombres por la igualdad de Bilbao, han colaborado con el Módulo Psico-Social de Deusto-San Ignacio (Bilbao) en la realización de este vídeo. Es uno de la serie de tres vídeo-entrevistas a MIGUEL LORENTE ACOSTA, médico forense, escritor y entonces delegado del Gobierno español para la Violencia de Género.

Con motivo de la invitación que le hicimos para participar como ponente en las jornadas “Hombres en tiempos de igualdad” celebradas en junio del 2011 en Bilbao, aprovechamos para hacer esta grabación. En ella hace un analisis crítico del discurso machista actual, enfocándose en los argumentos principales que este defiende y poniendo en evidencia que tras ello se esconde la misma ideología machista de siempre.

La salvaguarda de la hombría, el machismo dentro del Ejército

http://www.jornada.unam.mx/2012/01/05/ls-portada.html

Los integrantes de las fuerzas armadas deben conducirse con un rígido código de comportamiento. Entre sus pilares se encuentra la masculinidad hegemónica, es decir, lo que es socialmente deseable de cualquier varón. Cuando esta virilidad se cuestiona, sea por comportamientos considerados femeninos o por la abierta orientación homosexual de algunos de sus integrantes, el engranaje se activa para resguardar la integridad de la masculinidad.

Mario Alberto Reyes

“¿Oyeron? ¡Dijo que es puto! ¡Ustedes son testigos!¡Encañónenlo!” Con sorpresa y temor acataron la orden. El silencio era tenso. El sol caía a plomo en San Luis Río Colorado, Sonora, pero el sudor que humedecía los rostros de los militares estaba frío, como si lo hubieran sacado de un balde de agua helada. Trataban de disimular su nerviosismo y novatez. Siempre imaginaron que usarían su arma contra narcotraficantes y no contra ellos mismos.

Días antes, Julián de la Toba había recibido la primera señal. Con bromas y frases amables el sargento de su pelotón le dijo que se lo quería coger. El Ruso, como apodaban a Julián por ser blanco y rubio, había ingresado tres años antes al Ejército mexicano. Nunca ocultó su homosexualidad.

Al escucharlo, una sonrisa irónica se dibujó en el rostro del Ruso. De inmediato el sargento, quien tenía cierta fama de “mayate” –hombre que penetra a otro en una relación sexual,– se puso irascible. Subió la voz y le reprochó su negativa pues sabía que todos “ya se lo habían cogido”. Julián lo desmintió. A partir de ese momento “le cargó la mano”. Las fajinas se intensificaron y no le permitía descansar.

Lavar su camisola sin autorización fue el pretexto para arrestarlo. Los tonos de voz se elevaron. “¿Eres homosexual?”, preguntó. “Sí, pero no me dejaré coger”, respondió antes de tener varias armas apuntándole. El soldado de transmisiones solicitó que fueran por Julián. Alguien al otro lado del radio pidió al sargento que “le bajara de güevos”. (más…)