Macho o menos: Masculinidad/es y artes marciales, el cuerpo y la no-violencia

Nos gusto esta entrada y te la reproducimos aqui. 2 de agosto de 2011 Devanir Da Silva |flirck.com/Dr Papillon and Hoedic

¿cuáles fueron mis motivos por elegir el arte marcial de Aikido? La motivación de re-educar a mi cuerpo de un modo ni occidental ni masculino tradicional

Ante esta contradicción aparece la evidente pregunta que converge el cuerpo, el “querer ser”, cómo hacerlo y materializar lo deseado: ¿Cómo nos relacionamos los varones con la violencia? La obviedad sería responder desde las estadísticas o los hechos innegables porque en términos históricos (nos) hemos y nos han construido para ser “duro como roble” y para tener “aguante” en la batalla (simbólica o real). Y muchas veces muchas mujeres nos exigen esta violencia en tanto protección u otro elemento, y esto es potencialmente lo que siente muchos varones.

 La violencia no es inherente a los hombres sino su uso, o más bien dicho la utilidad sociopolítica de ciertos varones que convencen a otros para ejercerla, ese es uno de los puntos inquietantes en mi planteamiento. Como muchas cosas en la vida hay que tener especial atención en el uso que se hace de las cosas[1]. Y siendo la violencia, y el ejercicio de esta, una de esas cosas no podemos sino considerar que hay datos –que no vale la pena enumerar aquí por el poco espacio disponible para escribir – que muestran cómo los varones, a nivel nacional y latinoamericano, se maltratan, se suicidan, se lesionan pero este sigue siendo un tema invisibilizado institucional como subjetivamente, y paralelamente abundan los ejemplos sociales como los varones somos incitados, tal pelea de perros, de violentar día a día, tanto a mujeres, niños/as y otros varones.  Personalmente, creo que la autoculpabilización no ayuda, ni tampoco aquí es la idea de empatar quién es más o menos víctima. Entonces enfrentarlo de manera concreta y práctica, fue lo que se me ocurrió hacer.

 En este contexto fue entonces muy paradójico –dada mi postura anti bélica – para mí decidir ejercer un arte marcial porque está culturalmente asociado, directamente, con un ser masculino “inherentemente” violento. Ahora entonces ¿cuáles fueron mis motivos por elegir el arte marcial de Aikido? Por un lado, argumentos bastante prácticos, y se podría decir superficiales pero, por otro lado, también habían motivos más profundos, o por lo menos así me gusta creer. La motivación de re-educar a mi cuerpo – no como opuesto a la mente (que es la herencia cartesiana occidental) sino integrado con este – apareció como un modo de trabajar-se otra forma que no fuera el modo tradicional occidente ni modo masculino tradicional y que implicaría (re)pensar(se) como hombre, en tanto “producto” genérico.

 Los postulados del Aikido por muy esotéricos y quiche que puedan parecer, me hicieron mucho sentido porque apuntaba a mi molestia cuando se me debandaba (en distintitos contextos, como una pichangia, etc) –usar – pero que para mí era abusar – mi cuerpo para obtener algún ventaja estratégica momentánea. Si bien el futbol se puede analizar como metáfora del sentido de lo masculino tradicional, el aikido por otro lado me permite realizar justamente lo contrario, por muy raro que parezca. Dos aspectos que justamente apuntan a la no-violencia en aikido es, primero, que no existen golpes, en su repertorio, si no es que en el sentido educativo. Segundo, que nunca se enfrenta la fuera o busca combatir de frente a frente, característico de lo masculino hegemónico. O sea la lógica “si alguien te ofende es obligación responder”, muy masculino tradicional.

Muchos rehúsan de participar porque implica mucho tiempo tirarse, girar, respirar, etc. En fin muchos actos simples que, aparentemente, no llevan a nada y eso porque justamente no se trata de la preparación para una pelea sino – y esto es mi uso teórico del tema – un repensarse cómo uso el cuerpo masculino, desde la ventaja estructural de este, frente a otro, y además de saber que siempre va haber una persona más fuerte y hábil. Justamente es para aprender las formas más “femeninas” del actuar, y busca también enseñar las mujeres en empoderarse de la forma más robusta (llamado estilo Iwama). Justamente me permite, aunque me gustaría hablar en forma colectiva, desasociarme a la metáfora de Hulk como forma tradicional de externalizar la no-resolución de conflicto masculina y no hacerme responsable por mi violencia (tanto como omisión como acción). Espero que estas voladas esotéricas se transformen en una forma concreta de relacionarme distinto con mi cuerpo y que se manifieste, y esa es mi apuesta desde lo que a mí concierne por la no violencia hacia las mujeres, niños/as y otros hombres. Por algún lado debo empezar, y eso es mi acto de fe.


[1][1] Arjun Appadurai, “La vida social de las cosas”

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