En torno a la estupidez del monseñor Juan Antonio Reig Plá

Merecería más debate y valoraciones por nuestra parte. Nos gustaría al menos  proponeos una entrada a una de las polémicas recientes generadas por la estupidez del señor Obispo de Alcalá de Henares -defendiendo el matrimonio tradicional contra el divorcio, diciendo que la violencia de género se da en el segundo caso y no en el primero-. Cabría recordarle a monseñor que es precisamente dentro del marco de relaciones jerárquico y machista del matrimonio tradicional donde se produce de manera estructural el maltrato y la violencia contra las mujeres. Recordarle que el divorcio es precisamente el requisito para que dos personas mantengan un vinculo de igualdad, respeto y amor, y que cuando no se den esas condiciones, las personas dispongan de herramientas legales y jurídicas que permitan rehacer su vida en lugar de estar sometidas a la violencia y la humillación, o simplemente la falta de afecto, compromiso o amor. Os invitamos a la lectura del artículo:

Valores contra el maltrato. MIGUEL ÁNGEL BARROSO / MADRID. Día 30/12/2010 – 10.24h ABC

Más allá del debate sobre la incidencia del tipo de unión en los femicidios, los expertos creen que la falta de educación en valores es la clave de esta epidemia

 

El espejo suele devolver una imagen llena de cicatrices cuando las sociedades «modernas» se miran en él. Una de esas marcas tiene la firma de la violencia de género, un fenómeno con múltiples aristas —los más pesimistas dirían que irresoluble a corto y medio plazo—, que suscita encendidos debates, pues no siempre hay consenso en el diagnóstico. El último ejemplo lo tenemos esta semana. ¿Tiene incidencia en la violencia de género el tipo de unión entre un hombre y una mujer? El obispo de Alcalá de Henares y presidente de la Subcomisión de la Familia de la Conferencia Episcopal, monseñor Juan Antonio Reig Plá, señaló el lunes que esta lacra se genera sobre todo en los procesos de separación o divorcio, y que «los matrimonios canónicamente constituidos son menos dados a la violencia que las parejas de hecho».

Las declaraciones del obispo provocaron que se alzaran voces a favor y en contra justo cuando se cumplen seis años de la entrada en vigor de la Ley Integral contra la Violencia de Género, un texto cuyas luces y sombras serán analizados más adelante. La Secretaría de Estado de Igualdad aprovechó el aniversario para hacer un balance positivo a pesar de las más de setenta mujeres asesinadas en 2010 (71 según la estadística oficial; el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia eleva la cifra a 75), ya que, según sus datos, hay menos homicidios y más denuncias. El delegado del Gobierno para la Violencia de Género, Miguel Lorente, calificó ayer de «desafortunadas y cargadas de cierta imprudencia» las palabras de monseñor Reig Plá, ya que «intentan apuntar que la violencia nace de determinados contextos, no de la voluntad del agresor». En su opinión, la Iglesia ocupa una posición clave por lo que significa de referencia ética y por su implicación en el proceso de preparación al matrimonio. «Ambos factores pueden ser utilizados para prevenir estos excesos y transmitir el mensaje de que donde hay violencia no hay amor; la respuesta no puede ser resignación». Al hilo de esta polémica, ABC ha pulsado la opinión de diferentes expertos. Más allá de sus diferencias a la hora de establecer las responsabilidades del tipo de vínculo, coinciden en destacar la educación en valores como clave de bóveda para avanzar en la resolución del problema.

Deshacer el nudo

«No hay datos estadísticos que avalen con rigor la opinión del obispo, que es personal y, tal vez, exprese un deseo», señala Manuel Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico del Complejo Hospitalario Universitario de La Coruña. «Los factores que inciden en esta epidemia son muy complejos, y las campañas parece que no funcionan. La mayor parte de las demandas de divorcio parten de las mujeres, lo que demuestra un cambio en la distribución de los roles. Estos cambios sociales afectan al total de la población, así que el matrimonio no es un factor decisivo. Frente a la búsqueda de una vida más satisfactoria surge la intolerancia masculina a la pérdida y una cierta infantilización. El hombre se pregunta: “¿Qué es lo que deseas que yo no puedo ofrecerte, por qué he perdido valor para ti?”. El problema se agrava cuando las mujeres intentan dar respuesta a esa pregunta o deciden ofrecer a sus verdugos “una segunda oportunidad”. Algunos lo definen con la desafortunada expresión “les va la marcha”. La insistencia en buscar amor en quien no lo da hunde sus raíces en la infancia. Es habitual que los agresores se arrepientan y ofrezcan promesas de cambio, y que sus parejas necesiten creer en esto. Sin deshacer el nudo es imposible salir de la repetición del maltrato».

A Fernández Blanco le parece «más relevante el estudio generacional que el tipo de vínculo existente. En la gente más veterana rige más el patrón de un machismo tradicional y una actitud silente por parte de las féminas. Tal vez en un futuro sí que haya que darle la razón a la Conferencia Episcopal, ya que las personas que se casen por la Iglesia lo harán por fuertes convicciones más que por obligación o convención social».

El Instituto de Política Familiar ha elaborado un estudio partiendo de datos del Instituto Nacional de Estadística que prueba, en su opinión, que «el matrimonio es el lugar donde menos violencia se produce». Según este informe, en España hay 11,5 millones de parejas, de las que el 89 por 100 mantienen una unión conyugal —sea canónica o no— y el 11 por 100 un vínculo sentimental. El 42 por 100 de las órdenes de alejamiento de 2009 se produjeron en el primer ámbito, mientras que el 11 por 100 restante se registraron en el segundo. El IPF destaca también que hay un homicidio por cada 300.000 matrimonios frente a uno por cada 25.000 relaciones no conyugales.

«Hay datos para echar a andar, pero no se profundiza. Es llamativo que en España los estudios sobre violencia de género no tengan en cuenta esta variable», apunta Juan Carlos Rodríguez, investigador de Analistas Socio-Políticos. «En Estados Unidos, Reino Unido y algunos países iberoamericanos estos trabajos sí tienen en cuenta el vínculo entre hombres y mujeres; el resultado demuestra que hay más abusos y fallecimientos en las parejas que cohabitan que en las que están casadas. ¿Una explicación? Los que eligen el camino del matrimonio demuestran, quizás, más grado de compromiso; están menos dispuestos a romper su relación. Además es gente menos proclive al conflicto». Este sociólogo considera «una estupidez» que haya voces que achaquen la violencia de género a una educación religiosa tradicional. «No hay ni un solo dato estadístico que avale eso».

Emilio y María Jesús llevan cuatro años impartiendo cursos prematrimoniales en una parroquia de Madrid y más de dos décadas colaborando en la catequesis, en charlas con los jóvenes y demás tareas que ayudan a cohesionar a la feligresía. En su opinión, «los datos estadísticos que presenta el Instituto de Política Familiar son los que son, nos gusten o no. Parece factible que quien cree que el matrimonio es la unión indisoluble entre un hombre y una mujer no utilice la violencia para resolver los conflictos y que apueste por la educación en valores. Violencia y amor son incompatibles. Ser cristiano no te hace mejor, pero para nosotros es una referencia, una ayuda. Los creyentes pensamos que contamos con la gracia de Dios, y le damos un valor esencial al compromiso y al perdón. Asimismo consideramos que la sociedad se construye desde la familia, que debe ser objeto de protección. Naturalmente respetamos a quien opine lo contrario, porque la religión no es una imposición como algunos intentan hacernos ver».

Educar en convivencia

Este matrimonio habla de paternidad responsable en sus cursos, y en ocasiones los novios plantean opiniones diferentes sobre los hijos que pueden ser el germen de una futura colisión. «¿Qué pasa cuando uno de ellos quiere tener descendencia y el otro no, o cuando se percibe a los niños como solución a los problemas que surgen en la pareja? En el primer caso hay una tentación a ignorar de primeras el problema, cuando lo razonable es ponerse en el lugar del otro y tratar de ser generoso. En la segunda cuestión, es obvio que un hijo no arregla un matrimonio en apuros».

Luis Carbonel, presidente de la Confederación Católica de Asociaciones de Padres de Alumnos y Padres de Familia (Concapa), también le otorga verosimilitud a la opinión del obispo de Alcalá de Henares: «Cuando se plantea un matrimonio para toda la vida hay factores, como el respeto y el compromiso, que cobran relevancia. Pero yo pondría el foco en la gran asignatura pendiente que hay en este país: educar en la mejora de la convivencia y en la prevención de conflictos, independientemente del tipo de pareja que elija cada uno, que es algo que no debe juzgarse. Hoy es más sencillo romper un matrimonio que un contrato de arrendamiento. Lo difícil es poner en marcha mecanismos de reparación, mantener una relación basada en el respeto mutuo, en la paciencia y el perdón».

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