La historia del primer juicio por aborto en España, 30 años después en el contexto del ataque del conservadurismo contra la libertad y los derechos reproductivos de las mujeres

Los Naranjos: 30 años, inciertos frutos

Iria Comesaña, Sevilla Actualizado 23/10/2010

En este edificio estaba la clínica. – J.M. Paisano

La Policía irrumpió en octubre de 1980 en una clínica de planificación familiar de Mateos Gago donde se practicaban abortos. La oleada de apoyo fue enorme: 26.000 personas se autoinculparon ante el juez. El debate fraguó en la Ley del Aborto, aunque olvidó otras libertades de la mujer.

“Hicimos lo que nos parecía lógico, sabíamos que con el tiempo la legislación acabaría cambiando y el aborto sería legal. Luchábamos por la libertad de la mujer a decidir sobre su cuerpo, y Los Naranjos ayudó a interrumpir embarazos en condiciones sanitarias seguras a las que no podían pagarse el viaje a Londres. Me parecía absurdo poder ir a la cárcel por eso”, recuerda Jose, que tenía 22 años cuando abrió, con José Ángel, May y Elena, una clínica de planificación familiar en Mateos Gago. Además de facilitar información sobre sexualidad y anticoncepción, practicaron abortos. La Policía la clausuró el 21 de octubre de 1980, hace 30 años. Sería el primer juicio por aborto en España.

Los cuatro fundadores y un médico fueron juzgados y condenados, no por causar daños a las mujeres, lo que no ocurrió, sino por la práctica de abortos, ilegal en todos los supuestos en esa Transición temprana. Incluso trataron de perseguir a las 432 mujeres que tenían en sus ficheros, pero no llegaron a hacerlo. Los defendieron letradas feministas como Pilar Troncoso, Cristina Almeida o Cristina Alberdi.

Años después, el Supremo rebajó la condena y el Gobierno del PSOE acabó por indultarlos en 1994, cerrando un rocambolesco salto mortal jurídico: para entonces el Ejecutivo de Felipe González ya había legalizado la interrupción del embarazo con la primera Ley del Aborto.

El proceso levantó una simpatía inédita: hubo manifestaciones y 26.000 personas de varios países, mujeres y también hombres, se autoinculparon ante el juez de haber abortado, al más puro estilo de la película Espartaco. Entre ellos, concejales del Ayuntamiento de Sevilla como Amparo Rubiales, José Manuel Cervera o Víctor Pérez Escolano.

En la Sevilla de la época se abortaba: además de los lúgubres viajes a Londres, aborteras clandestinas provocaban infecciones en la vagina con métodos brutales, como introducir agujas de punto o perejil, y las mujeres llegaban a los hospitales sangrando a chorros. Algunas morían. También había médicos que practicaban en secreto abortos y legrados, con una especie de cuchara de bordes afilados que arrastraba el contenido del útero y con facilidad dañaba los órganos reproductivos. “Podía costar 150.000 pesetas, y sólo accedías si tenías muy buenas relaciones”, explica José Ángel Lozoya, que a sus 28 años era el mayor de los estudiantes que montaron Los Naranjos. Cobraban 8.000 pesetas, e hicieron algunos gratis.

La clínica puso sobre la mesa el aborto sin tapujos. Aunque ninguno era médico, usaban un método más seguro desde el punto de vista sanitario, según mantiene todavía uno de los médicos que los asesoró, que afirma que volvería a repetir lo que hicieron, quizá con más discreción. Pero ésa fue la principal aportación de Los Naranjos: “Abrimos la clínica por el morro, hasta que nos detuvieran, porque queríamos reivindicar el derecho al aborto. Mantuvimos la mínima clandestinidad para retrasar el cierre, pero una semana antes sabíamos que la Policía nos estaba vigilando y decidimos seguir adelante”, explica Lozoya. “Estuvimos abiertos de enero a octubre de 1980, el tiempo de un embarazo”.

El escenario es hoy difícil de imaginar: “Lo ilegal no tenía entonces el desprestigio que tiene ahora, porque así habíamos empujado para salir de la dictadura. En esa época estábamos dibujando los límites de la libertad, y sabíamos que serían tan anchos como fuéramos capaces de ensancharlos”, dice Lozoya.

Dedicados ahora a ocupaciones totalmente distintas, los impulsores de Los Naranjos comparten cierto desencanto: “La ley de plazos está bien, pero me parece un desastre que tantas mujeres sigan teniendo que abortar”, dice Elena, que también tenía 22 años, como Jose y May. “Entonces no había información, que es lo que intentábamos difundir, y el acceso a los anticonceptivos era difícil. ¿Pero ahora qué pasa? ¿Por qué hay niñas que siguen maltratando su cuerpo con la píldora del día después, que debe ser un último recurso, en vez de usar anticonceptivos?”.

May es la única aún vinculada a la lucha feminista: “Los Naranjos levantó polvareda porque era el momento de que la mujer levantase cabeza. Difundíamos que la base de la libertad es el conocimiento, que no llegas a abortar si antes has podido decidir. El objetivo no era que la mujer abortara, ¡por Dios!, era que tuviera información para evitar el embarazo no deseado, decidir qué vida quería, vivir una maternidad elegida. Pero parece que la sociedad se ha olvidado de eso”, dice, indignada. “La cosa está a medio cocer”, añade Jose, “hay una Ley del Aborto pero el Estado no acaba de asumir sus responsabilidades, permite la presión de grupos de derechas, que médicos que alegan objeción de conciencia para no abortar lo hagan en clínicas privadas… a nivel general no hay una idea clara de que en el cuerpo de la mujer debe decidir ella”.

Eran otros tiempos. Entonces era distinto. El feminismo era un clamor. Lozoya recuerda que en Valencia conocieron a grupos que llevaban años funcionando, “salían en la prensa reivindicando el aborto”. Aplicaban el método Karman, difundido por las feministas francesas, consistente en aspirar el contenido del útero con una cánula, lo que reducía las posibilidades de perforarlo. Decidieron hacerlo en Sevilla. Hablaron con un médico -para controlar que el embarazo estuviese en el plazo en que podía aplicarse esa técnica y por si había complicaciones-, con grupos políticos y asociaciones feministas. Todo el tejido progresista sabía que hacían abortos y les mandaba mujeres. “Y los no progresistas, allí tuvimos a gente de todos los estratos”. La llamaron Los Naranjos por la inspiración valenciana, por los árboles de Mateos Gago y porque recogían a las mujeres en el Patio de los Naranjos para llevarlas adonde interrumpían los embarazos. “No era en la clínica, entre otras cosas por si nos sorprendía la Policía. Un aborto es breve, 10 minutos, pero si empiezas no puedes pararlo”. Eran grupos de tres mujeres como máximo. Al llegar las exploraban y les explicaban a todas juntas qué les iban a hacer. “Un psicólogo que vino una vez me dijo que era la mejor terapia de relajación que había visto, aunque no era nuestra intención”, dice Lozoya. “Recuerdo casos como el de una viuda que vivía en un pueblo muy pequeño, se había quedado embarazada tras morir el marido y era incapaz de afrontar el rechazo que se le venía encima”. Elena recuerda a mujeres mayores de pueblo, que tras criar a varios hijos veían que con un embarazo volvían las penurias. Ni una sufrió daños. “Teníamos cuidado, si una mujer hubiera acabado en el hospital nosotros habríamos ido a prisión”, afirma Lozoya. “No éramos unos temerarios, estudiamos mucho cuando abrimos la clínica”, dice Jose. “Nunca tuve la sensación de estar tirándome del trapecio”.

No tenían miedo. “Yo llevaba toda la vida en la clandestinidad”, dice Lozoya, vinculado al PSOE de entonces. “Habíamos hablado de la posibilidad teórica de una detención, pero nunca me pareció real porque no sentía que fuera nada ilegal”, dice Jose. “Era algo seguro, normal y humano”.

La irrupción de la Policía los llevó tres días a los calabozos. Jose afirma que lo maltrataron. “Mintieron sobre lo que hacíamos, pero nos conocía tanta gente que ante el juzgado se montó una concentración de apoyo. Tuvimos suerte con el juez, nos puso una fianza baja y los que estaban fuera recaudaron dinero para pagarla”, dice José Ángel. No fueron a prisión porque las penas, luego rebajadas y al final indultadas, fueron inferiores a un año.

“De las inculpaciones nunca más se supo, el juez no nos llamó”, dice hoy Amparo Rubiales, que se apresuró a llevar la liberalización del aborto ante un escandalizado Pleno municipal. “Tampoco tuvimos miedo, no sé si por la edad o por la necesidad. La lucha por el aborto, como por el divorcio, era esencial”. El concejal de Salud fue cesado ante la sospecha de que conociera la clínica. “Era lo de siempre, como ahora, la enorme hipocresía de una sociedad que no sabe ser libre y respetar los derechos de los demás, mucho puritanismo y esa historia de confundir el delito con el pecado con la que todavía sigue el PP”.

“Se lo pusimos fácil a grupos políticos como el PSOE para defender el aborto en su programa electoral porque se generó un movimiento muy fuerte, reflejo de lo que la sociedad estaba pidiendo”, opina May. “Si hoy no tuviéramos Ley del Aborto sería para matar a alguien. ¿La mujer tiene que ir de víctima y decir que la han violado para que le hagan caso? Los Naranjos nos benefició a todos, porque nos trajo libertad para decidir”.

¿Todavía hay que explicar que nadie quiere abortar?. “El objetivo nunca fue abortar, eso sería una locura”, dice May, que se pregunta si todavía hay que explicarlo. “Abortar no es una obligación, es un derecho. Parece que fuéramos nazis intentando quitarnos a los niños de encima, y te lo dice gente que aguanta desigualdades sociales enormes”. Insiste en que pretendían educar a mujeres libres, no sometidas a la sexualidad del marido. Pero el objetivo sigue lejos: “el orgasmo femenino es tabú, tomamos como anticonceptivos pastillas que dañan el cuerpo, en los colegios no enseñan sexualidad, ¡enseñan higiene!, y te quieren vender juguetes sexuales que no son lo que nos gusta. ¿Crees que somos libres?”.

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