Las redes sociales de las mujeres y el networking.

Muchas Ministras y poca política de Igualdad con mayúsculas

Recientemente ha sido publicado los resultados de un estudio de la Indiana University South Bend sobre los mecanismos que configuran el techo de cristal por el que las mujeres no alcanzan cotas de poder y responsabilidad equiparables a los hombres en las organizaciones y empresas, y que tiene relación con que el ascenso se produce atendiendo a redes informales, no las oficiales, en las que las mujeres siguen peor situadas. Es un estudio que más que plantear nada novedoso sigue apoyando otros anteriores (por ejemplo Russell, H. (1999) Friends in low places: Gender, unemployment and sociability. Work, employment & society, Jun 99, 13 (2): 205-224; y también Lowndes, V. (2000) Women and Social Capital: A Comment on Hall’s “Social Capital in Britain”. British Journal of Social Policy, 30, 533-540. Cambridge University Press). Os adjunto la noticia en prensa, y posteriormente un extracto de la introducción de mi trabajo “La negociación de las masculinidades en la exclusión social” donde abordo tambien la cuestión de las redes sociales de los hombres y de las mujeres, sus potenciales, desafios y dificultades; que seguro que es de vuestro interés.

En el ámbito laboral

Las mujeres tienen amigos pero no contactos para ascender

MADRID, 16 Ago. (EUROPA PRESS)

Las mujeres tienen amigos en el trabajo pero no los contactos informales –de alto estatus– necesarios para ascender, según un estudio realizado por un investigador de la Indiana University South Bend.

“Ascender tiene que ver con los contactos informales y ayuda si entre tus contactos hay gente de alto estatus”, explica el jefe del departamento de Sociología y Antropología de la Indiana University South Bend, Gail McGuire.

Según McGuire, si el ascenso a puestos de mayor responsabilidad depende de esas relaciones y de los recursos que intercambian los empleados, las mujeres están en desventaja, según se desprende de su trabajo ‘With a Little Help From My Friends? Gender, Social Closure, and Network Support’.

“Tenemos leyes que prohíben la discriminación y refuerzan la igualdad de salario”, apunta. No obstante, asegura que “se necesita mirar a las estructuras informales profesionales y no a las formales, pues son las verdaderas fuentes de la desigualdad”.

McGuire estudió una de las organizaciones financieras más grandes y evaluó sus redes informales. Así, descubrió que las mujeres, que eran mayoría, tendían a estar en puestos de bajo estatus, mientras que los hombres, que eran menos, ocupaban mejores puestos.

Igualmente, observó que las mujeres recibían mayor apoyo social, especialmente de sus compañeras, que los hombres. Pero McGuire advierte de que esto tiene menos recompensas para la mujer a largo plazo.

Extracto de José María Espada Calpe: “La negociación de las masculinidades en la exclusión social”, Tesina DEA, Inédita, Universidad Complutense de Madrid 2001.

Los hombres representan el 55’06% del total de “Persona sola”, pero mientras que del total de mujeres sólo un 22’65% pertenecen a esta categoría, el 53’56 de los hombres pertenecen a la misma. (CAM, 2001: 78). Mientras las mujeres representan el 88’92% del total de “Adultos sin pareja con menores”, teniendo en cuenta que del total de varones, sólo un 13’17 pertenecen a esta categoría, mientras que un 54’77% de las mujeres no tienen pareja y cuidan de menores (CAM, 2001:78)

Si atendemos a la doble dimensión, precariedad con relación al trabajo y fragilidad de los soportes relacionales, que se viene reconociendo al concepto de exclusión social (Doble dimensión presente en la zona de vulnerabilidad y precariedad, pero que es llevada a su extremo más duro en las situaciones de exclusión social tomando la forma de desafiliación y deprivación material); de modo tentativo e introductorio, podemos decir que los hombres tienden a tener más y mayores problemas psicosociales, de salud, de aislamiento y desafiliación, mientras que los problemas económicos tienden a ocupar un lugar relativamente secundario. Al analizar los datos sobre problemática social (CAM, 2001d; véase Tabla 3 en anexos) encontramos que los problemas que afectan en mayor medida a los varones son problemas de salud, abuso de drogas y de alcohol, mendicidad y aislamiento, mientras que los problemas que afectan más a las mujeres son problemas de convivencia, problemas con menores, endeudamiento, impago de vivienda y problemas de salud mental. Si tenemos en cuenta que el 34’03% de las problemáticas detectadas implican a varones mientras que el 65’97% implican a mujeres, podemos dividir las problemáticas entre aquellas en las que los varones representan más del 34’03% de las problemáticas y aquellas en las que las mujeres representan más del 65’97%.

Incluso en términos absolutos existen dos problemáticas en las que los varones superan a las mujeres muy claramente como son el abuso de alcohol (70’22%) y la mendicidad (66’67%), seguido muy cerca de los problemas de aislamiento (48’11%).

Para explicar estas diferencias, y de forma simplificada, se puede afirmar que los hombres han sido tradicionalmente compelidos a competir y construyen su masculinidad entorno a un mayor individualismo, que implica formas de subjetividad en las que la autoestima masculina pasa en menor medida por los éxitos relacionales. Los modelos de masculinidad hegemónicos enfatizan y llevan a los hombres a basar el reconocimiento personal en la consecución de logros “sociales” (en el mercado laboral y el mundo público de la política, la cultura y el deporte…) en mayor medida que logros afectivos y relacionales. Así las dificultades o fracasos en el mercado laboral se viven con una fuerte carga de ansiedad o con una gran carga de frustración, ya que tiene una gran centralidad en la autoestima personal de estos varones. La rabia, el aislamiento autoinflingido, y la violencia forman parte de las formas de reacción validadas para los varones ante la frustración (Bonino, 2000). Además se ha señalado que los hombres encuentran graves dificultades para el manejo de aquellas emociones que implican debilidad, por ello la depresión es raramente reconocida. No es extraño entonces que tengan un peso muy importante en las trayectorias de varones procesos de autodestrucción y desestructuración personal que frecuentemente incluyen formas de aislarse vinculados a adicciones. Es el sentimiento de fracaso adherido a la valoración personal que los hombres hacen de sí a partir de la capacidad proveedora, lo que lleva a que los hombres generen respuestas que conducen a problemas psicosociales y de salud, cuando no a generar violencia que puede adoptar con frecuencia la agresión y la violencia de género. Sin embargo no todos los hombres en situación de exclusión social se adhieren de igual forma a los valores de los modelos hegemónicos de masculinidad como veremos posteriormente.

En resumen, provisionalmente y a propósitos analíticos podríamos decir que tiene un mayor peso la desafiliación que la deprivación material en los procesos de exclusión de los varones. Así se señala que “hay mayor proporción de empleo entre los varones ya que el 14’14% de los beneficiarios IMI varones en edad de trabajar (mayor de 16 años) ha tenido algún contrato a lo largo

del año 2000, frente a tan solo el 10’20% de la población femenina IMI , si bien en números absolutos, estas superan en número de contratos a los varones” (CAM, 2001: 25). Esta pauta de sociabilidad defendemos se produce fruto de la socialización en los mandatos de la masculinidad hegemónica, y es también fácilmente reconocible en el dato de que el grupo de los “Varones solos” representa el 53’56% del total de los varones perceptores del IMI, teniendo además en cuenta que “las personas solas se consolidan y tienen una presencia importante en el Programa (…) lo que representa un 33’20% del total de familias perceptoras. En este sector de población cabe destacar un alto número de personas “sin hogar”” (CAM, 2001: 24). En diversos documentos se reconoce que el aumento de titulares IMI dentro de la categoría “personas solas” responde a un esfuerzo para adecuar la normativa para incorporar al programa a gran parte de los “sin techo”. Se estima que el porcentaje de titulares IMI “sin techo” es de un 11’64%. Pero podemos suponer que sigue existiendo un alto porcentaje de población “sin techo” que no han accedido a las prestaciones del Programa.

Por otro lado se reconoce explícitamente en “Las Mujeres en el Programa IMI a 30 de abril de 2001” (CAM, 2001d) que “en general puede decirse que los problemas sociales asociados a la carencia de recursos económicos es mayor entre las mujeres” y que “por el contrario los varones presentan mayores niveles de aislamiento y problemas relacionados con el abuso de drogas y alcohol”.

En términos generales, las mujeres perceptoras del IMI tienden a tener menores problemas de desafiliación o aislamiento, y se encuentran integradas en mayor medida en redes familiares, vecinales, comunitarias, etc.; fruto de un aprendizaje de una sociabilidad femenina en la que lo relacional ocupa un peso muy importante frente al reconocimiento de logros “externos” en el mercado laboral. El debate sobre la importancia del “capital social” de las mujeres es intrincado.

Algunos autores discuten como las teorías al uso sobre el capital social invisibilizan las tupidas redes de sociabilidad establecidas por las mujeres en favor de las formas de participación asociativa más formales en las que los hombres son mayoritarios (Lowndes, 2000). Otras autoras señalan que el tipo de redes que forman las mujeres, más centradas en la casa, en la vecindad y el parentesco, implican mayores riesgos de vulnerabilidad al desempleo ya que una red externa al mercado de trabajo no aporta apoyos ni información de cara al empleo (Russell, 99). A pesar de que las redes de integración de las mujeres puedan no ayudar de cara a la consecución inmediata de un empleo pueden sin embargo suponer una fuente de estabilidad, que se reflejaría, por ejemplo, en la menor incidencia de problemas psicosociales y de salud entre las mujeres (que no su ausencia). Así las condiciones de la crianza en un entorno deteriorado, y la acumulación de déficits lleva frecuentemente a situaciones conflictivas y a problemáticas de salud mental entre otras –Véase Tabla 3 en anexos-. Sólo podemos encontrar algunos datos desagregados por sexo sobre la problemática social en Las Mujeres en el Programa IMI a 30 de abril de 2001, lo cual resulta chocante cuando existen intervenciones específicas para mujeres y una creciente preocupación por los problemas de género.

Sus menores problemas de desafiliación se ven sin embargo desafiados por las mayores dificultades para integrarse en el mercado laboral, con la ambivalencia de la presencia de menores a su cargo, que por un lado pueden representar una grave dificultad para la integración por el empleo, pero también una fuerte motivación generada por la responsabilidad de su crianza. Esto hace que las mujeres acepten y soporten en muchos casos unas condiciones laborales muy duras. Aunque parece que las mujeres perceptoras del IMI sufren de menores problemas de desafiliación y aislamiento que los varones pero recíprocamente mayores dificultades para la integración en el mercado laboral, ciertamente la realidad muestra una pluralidad y heterogeneidad aquí injustamente reducida para propósitos analíticos.

La hipótesis de que las mujeres sufren menores problemas de desafiliación aunque mayores de precariedad frente a la integración por el empleo, se puede apoyar en el dato de que el primer grupo en importancia dentro del IMI son “Adultos sin pareja con menores” que representan el 40’57% de los perceptores del Ingreso Madrileño de Integración, de los cuales un 88’92% son mujeres (CAM, 2001: 78). Hay que tener en cuenta que los niveles de desafiliación en procesos de exclusión social son altos, así sólo un 15’40% de los titulares IMI conviven en pareja (ya sea con menores o sin ellos) mientras que el 84’60% no disponen de pareja20 y pueden estar solos, convivir con sus progenitores u otros familiares, o con sus hijos. Pero como hemos señalado el porcentaje de mujeres solas es mucho menor (22’65% dentro del total de mujeres) que el de varones (53’56% dentro del total de hombres).

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